4 ago. 2006

Por el cambio de nombra de la Plaza Roca: "La memoria además de ser retrospectiva es crítica"

Comodoro Rivadavia. Agosto 03, del 2006


Con el objeto de poner en consideración los argumentos aquí vertidos ante la Comisión de Patrimonio Histórico de la ciudad de Comodoro Rivadavia, en cuyo marco se trabaja la solicitud de la Comunidad Mapuche-Tehuelche Ñamkulawen, de denominar a la actual plaza Roca, Kom pu che we, es que se solicita a sus integrantes reflexionar respecto de los planteos que a continuación se exponen.
Esta cuestión que los ocupa remite en alguna instancia a restituir parte del pasado de nuestra sociedad, aquel que construimos y modificamos permanentemente desde el aquí y el ahora. Cómo hemos de representarnos los hechos históricos que fueron protagonizados, tanto por el Estado Argentino como por los Pueblo Originarios es la lectura que estas circunstancias exigen.
La huella dejada por el pasado conforma una alteridad que torna difícil mimetizar en una estrategia o disposición de las narraciones que se construyen de él, así mismo estas se erigirán direccionando a la sociedad hacia determinada lectura del pasado, sea cual fuere la denominación que se le de a la plaza en cuestión.

De modo tal que aquella disposición va ha venir a hablar y resolver respecto de un posible uso del pasado, de nuestro pasado. Paul Ricoeur[1] alude que en estas circunstancias se está definiendo en status de la memoria.

Estará en conocimiento de los integrantes de esta Comisión que el resultado de la constitución de los procesos hegemónicos instituidos por la Generación del 80”, deparó para los Pueblos Originarios un no-lugar en todas las instancias de conformación de la nación y, como consecuencia, el indio se quedó sin historia y sin representación en el imaginario social. Esta negación fue para sí y para otros, según se definen desde la ciencias sociales la conformación de los procesos identitarios, a partir de un doble proceso de relación y oposición. En la medida en que se definen así mismos quienes son lo hacen diferenciándose de los demás y a la vez complementariamente están operando en la definición que los otros se hacen de ellos y de sí mismos

La memoria además de ser retrospectiva es crítica, puede reabrir cuestiones instando a la sociedad a reelaborar permanentemente el sentido de los acontecimientos. Aquí el pasado adquiere una carga porque al recordar se está ante la posibilidad de ocupar un espacio de decisión, en relación al qué se recuerda y cómo. Esta es una instancia de poder que dada a positividad, en términos de Foucault [2], con la que marcará a las prácticas de los sujetos sociales la convierte en una ponderación de carácter ético.

El resultado de algunas de las opciones que se presentan se convierte en germen y semilla que contiene una ambivalencia, dado que, si bien señalarán determinada dirección en la lectura de nuestra historia a la par estará rondando agazapada aquella que olvide u oculte. El resultado de lo que se recuerde nunca va a ser el producto de una operación neutral o evidente.

El momento del recordar también puede configurarse como una puerta abierta hacia nuevas posibilidades, hacia la construcción de subjetividades sociales (e históricas) diferentes a los modos a los que venimos estando acostumbrados. Estas pueden transformarse en opciones de socialización abiertas a la autocrítica reflexiva en un marco de libertad. Por este sendero se estaría permitiendo a los ciudadanos constituirse como sujeto autodeterminados y, en ese proceso, hacerse responsable del otro, tendiendo puentes hacia el encuentro con ese distinto de mi.
En el caso de los actores sociales implicados, en los hechos históricos a los que se ha hecho referencia, la diferencia entre ambos está conformada por los disímiles trayectorias que emprendieron en la conformación de sus subjetividades históricas, una en condición de subalternidad[3] respecto de la otra. La cual está latente a la espera de ser reconocida. Todo sujeto o colectivo social necesita tener el espacio que le posibilite y reconocerse a sí mismo y al otro, esto permite ser a cada uno y en la medida en que persista su memoria se estará garantizando su continuidad.

Desde una lectura a contrapunto de las premisas vertida en el párrafo anterior podría decirse que la historia oficial cuando cuenta su relato del pasado no está contando la historia de los otros, los bárbaros. En esas ocasiones siempre habla más de sí misma que de aquellos a los que dice definir.

Como sociedad y dentro del campo de la historiografía indígena se cuentan con suficientes indicios para extraer las consecuencias de aquel modo de pensar y codificar a la minorías, quizás sea tiempo de que esos tipificados alberguen la posibilidad de contribuir en la construcción de nuestra historia.

Instalados en la lógica de la memoria el problema que se nos plantea si nos olvidamos de los pueblos originarios es doble. Por un lado, hacemos desaparecer las huellas, esas que son parte del pasado de todos los que estamos acá, ya que, el conjunto de los acontecimientos históricos a los que alude este litigio han afectado el curso de la historia de todos. De los indígenas por lógica consecuencia pero, y este es el segundo problema, también para el resto de la sociedad que convive con esos hechos, ya que, la hace responsable de los proceso de exclusión a ellos asociados, hechos que reiteradamente los Pueblos Originarios denuncian.

Otra de las cuestiones es el carácter de la marca que deja el olvido. Esta marca del vacío y del silencio también define algo, la ausencia también tiene su propia presencia, su condición también habla de nosotros mismos como sociedad. Acá es cuando debe de reconsiderarse el rol, peso y valor de la memoria. Olvidar, ya lo dije, no nos hace neutrales nos hace responsables.

Cuando caemos en la cuenta de que la gloria de unos supuso la humillación de otros, cuando palpamos que la memoria de unos es excesiva y la de otros insuficiente nos obliga, creo, a pensar cómo modificar esa realidad y también a retrotraernos hacia esos lugares donde fundamos nuestra identidad, lugares en pugna donde la violencia ha sido ejercida y donde la memoria ha venido a ser usada como instrumento con fines específicos de dilucidar.

En la medida en que aquellos actos no son reconocidos por la sociedad, esta se enfrenta a lo que Ricoeur denomina compulsión a la repetición. Repetimos esos hechos sin saber que se lo hace, ignorando el daño que nos provocamos. No obstante, se está también ante la capacidad de tomar esto como parte de nosotros mismos y extraer de ello elementos valiosos.

Es en aquel momento donde el citado autor señala que es necesario e ineludible para una sociedad rememorar su pasado para establecer un relación verídica con él, aquel que moralmente nos obliga a salvar las huellas y, entre ellas, las heridas que nos hemos causado porque, en definitiva, el sentido del pasado nunca está cerrado o fijado de una vez y para siempre.

Estas palabras pretendieron fundarse sobre la base de un sustento teórico de un campo disciplinar, el de la Historia. Podría haber apelado a otras fuentes, aquellas que narran las secuelas de un genocidio. Podría haber hablado de mi condición de descendiente de mapuche y, desde ahí, usar palabras para definir la constitución de mi propia identidad. Preferí hacerlo desde li lugar de trabajo y formación, como alumna de la Licenciatura en Historia y como profesora, aunque sin duda he hablado desde todos esos lugares a la vez.


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Fabiana Nahuelquir
D.N.I. N° 23.635.347

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